Regados con tragos de buen vino, o de algún licor tradicional como «gloria» o «angélica», el día 1 de noviembre, los habitantes de muchos pueblos de nuestra comarca, degustan en el campo «los calbotes» o «calvotes», que es el nombre que reciben las castañas una vez pasadas por la brasa. De este modo, los frutos estallan en el fuego y quedan «calvas», es decir, asadas y sin cáscara.

Esta tradición ancestral, que algunos sitúan en el medievo, es una fiesta de singular importancia que tiene como protagonista a este fruto de cáscara gruesa, correosa y de color pardo oscuro, que una vez tostado se saborea, cuando nuestros bosques muestran sus mejores y más hermosos coloridos otoñales, siempre al lado de una buena lumbre y en grata compañía.

De esta manera, la festividad de Todos los Santos, además de ser tradicionalmente el día que dedicamos para recordar especialmente a nuestros antepasados, resulta ser también un jornada de alegría, risa, comida y diversión, gracias a la fiesta de «la calvotada».